Cuidar también es político

junio 19, 2026 // Editorial Aire

Hablar de cuidado del personal sigue siendo, en muchos contextos, hablar de algo que cada persona debe resolver por su cuenta. Tómate un descanso. Practica mindfulness. Aprende a poner límites. Ese discurso -individualista, descontextualizado, con frecuencia cargado de buenas intenciones- tiene un problema de fondo: le pide a cada persona que resuelva con sus propios recursos lo que en realidad se edifica en condiciones estructurales. ¿Cómo comer sano con un salario que no alcanza? ¿Cómo dormir ocho horas con jornadas que se extienden mucho más allá de cualquier horario razonable? El autocuidado que ignora estas preguntas no es una propuesta de bienestar, sino una forma sofisticada de responsabilizar individualmente lo que debería ser una obligación compartida.

Quienes trabajan en primera línea -por ejemplo, con infancias en crisis, con familias que atraviesan situaciones de violencia, con comunidades en exclusión- tienen un material de trabajo muy particular: las narrativas dolorosas de otras personas. Eso tiene un costo real, documentado. El desgaste profesional, la fatiga por compasión, el trauma vicario no son señales de debilidad ni de falta de vocación; son respuestas humanas a condiciones de trabajo que implican exposición sostenida al sufrimiento ajeno. La NOM-035 en México lo reconoce explícitamente: los riesgos psicosociales en el trabajo son también responsabilidad de las organizaciones, no solo de quienes los experimentan. Lo que muchas instituciones todavía no han terminado de internalizar es que el cuidado del personal no es un complemento a la misión, sino parte constitutiva de poder cumplirla. Y eso incluye también garantizar condiciones laborales dignas, por ejemplo, aguinaldo, vacaciones, pensión, el derecho a sindicalizarse.

Además, desde una perspectiva feminista, el cuidado tiene una dimensión adicional que vale la pena nombrar con precisión. Históricamente, cuidar ha sido una obligación asignada -con especial insistencia a las mujeres- como algo natural, gratuito e invisible. En los equipos de trabajo social, psicosocial y comunitario, ese mandato se reproduce con frecuencia: se espera que se dé más de lo acordado, que se sostenga emocionalmente sin pedir sostenimiento a cambio, que la vocación funcione como sustituto de condiciones dignas. Reivindicar el cuidado propio y colectivo se convierte entonces en un acto de resistencia. Una afirmación de que quien cuida también merece ser cuidada. Que el sostenimiento emocional no puede ser ilimitado ni unidireccional.

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