A veces mis papás me aman. A veces me golpean.

junio 2, 2026 // admin

Esa frase nos la dijo una niña en un taller. Tenía ocho años, los ojos tranquilos, la voz quieta. Lo dijo como quien describe el clima: a veces llueve, a veces hay sol. Y en esa calma estaba todo el horror.

Hay una frase que algunas personas adultas siguen repitiendo, aunque cada vez menos en voz alta: te pego porque te amo. Durante mucho tiempo fue casi un consenso. Hoy incomoda más, se dice menos, pero sigue ahí, disfrazada a veces de otras palabras, otros gestos, otras justificaciones. La decimos como si el amor pudiera ser, al mismo tiempo, la herida y el bálsamo.

Pero los niños y las niñas no la sienten así.

Los niños y las niñas no han aprendido todavía a justificar el daño como prueba de afecto. Ellos y ellas sienten el golpe como lo que es: algo que duele, algo que asusta, algo que viene de la persona que más necesitan en el mundo. Y eso no lo procesan como amor. Lo procesan como su opuesto.

Y sin embargo, no odian a esa persona. Ahí está la parte que más cuesta mirar.

Porque ese adulto o adulta que grita, que golpea, que asusta, es también el que da de comer, el que arropa, el que existe como una de las pocas referencias del mundo. Los niños y las niñas no pueden elegir a sus personas cuidadoras ni pueden irse. Lo que sí hacen, porque son humanos y porque necesitan sobrevivir afectivamente, es seguir amando. Seguir buscando. Seguir esperando que llegue la versión buena, la versión suave, la que a veces también aparece.

Por eso aquella niña no decía mis papás me aman golpeándome. Decía a veces me aman, a veces me golpean. Dos cosas distintas. Como si el amor fuera el intervalo entre los golpes. Ese vínculo no siempre se rompe con la violencia. Con frecuencia se deforma. Se vuelve ambivalente, confuso, lleno de una lealtad que no se eligió.

El niño o la niña sigue amando. Eso no está en duda. Lo que no puede hacer es recibir la violencia como una forma de amor. Por más que la persona adulta lo diga, por más que lo justifique, el cuerpo sabe que eso duele. Y lo que duele no se siente como cuidado.

Otro día, en otro taller, de esos en los que trabajamos las emociones con el Monstruo de Colores, llegó otro niño. Le pregunté: ¿cuándo sientes amor? Me respondió: cuando mi mamá no me pega por un mes.

Esa respuesta lo dice todo. No dice que no quiere a su mamá. Seguramente la quiere. Pero el amor que él siente hacia ella y el amor que él recibe de ella son dos cosas distintas. Una es suya, sea lo que sea. La otra es una ausencia. La otra es simplemente que no le peguen.

¿Qué hacemos cuando crecemos con eso que aprendimos: que el amor se mide en días sin miedo? Muchos, muchas lo interiorizamos. Y después, sin darnos cuenta, lo reproducimos de otras formas, en otras relaciones.

De adultos, algunos seguimos buscando amor en personas que nos lastiman, y seguimos llamando amor a lo que en realidad es control, celos, posesividad, o simplemente miedo disfrazado de entrega. Es que me cela porque me quiere. Es que se enoja porque le importo. Es que si no le doliera, no reaccionaría así.

La lógica es la misma que aprendimos de niños y niñas: el daño como señal de que importas. Y también aprendimos a seguir amando a quien nos daña, a no irnos, a esperar la versión buena. Eso también lo aprendimos.

Pero eso no es amor. Eso es la cicatriz del amor que nunca llegó.

Los niños y las niñas no necesitan que les expliquemos el amor. Lo sienten de manera inmediata, visceral, sin filtros. Cuando están seguros, cuando no tienen miedo, cuando su cuerpo no está en alerta, eso es amor. Lo saben. No lo razonan: lo viven.

Somos las personas adultas los que hemos aprendido a confundir.

Y la pregunta que nos dejaron esa niña y este niño es esta: ¿cuánto daño tiene que normalizarse para que una niña describa su vida afectiva en esos términos, como si fuera lo más natural del mundo?

La respuesta es incómoda. Demasiado.

Romper ese ciclo exige actuar en varios frentes al mismo tiempo: políticas públicas que garanticen condiciones dignas, un Estado que no abandone a las familias, y también transformaciones profundas en cómo nos relacionamos dentro del hogar. Ninguno de esos frentes funciona solo. Y en el más cercano, el cotidiano, hay algo que cuesta más de lo que parece: escuchar de verdad lo que los niños y las niñas dicen, sin apresurarnos a explicarles, a corregirles, a decirles que en realidad su papá y su mamá sí los quieren. Quizás sí los quieren. Y quizás también les pegan. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Pero solo una de ellas les hace daño.

Y solo una de ellas debería parar.

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