Lyhanna no murió “solo” por ser niña. Y no murió “solo” por ser mujer.

junio 23, 2026 // Colectivo Aire

A finales de mayo de 2026, Lyhanna, una niña de 11 años, desapareció en Fleurance, en el suroeste de Francia, al salir de su colegio. Días después su cuerpo fue encontrado en un silo agrícola abandonado. Las autopsias confirmaron lo que muchas organizaciones feministas y de defensa de la infancia ya temían: Lyhanna fue violada antes de morir, a manos de un hombre adulto que la familia conocía, que llevaba meses acercándose a ella con regalos y meriendas, y sobre quien ya existían señalamientos previos.

Francia entera se conmocionó. Hubo marchas blancas, manifestaciones frente al Ministerio de Justicia, demandas urgentes de las federaciones de derechos de las mujeres para que se priorice por fin la ley integral contra las violencias sexistas y sexuales. El caso, como ha pasado tantas veces, se instaló rápidamente en la conversación pública bajo dos etiquetas que, separadas, no alcanzan a explicar lo que pasó: “feminicidio” o “infanticidio”.

Desde AIRE creemos que ninguna de las dos palabras, usada en solitario, es suficiente. Y que esa insuficiencia no es un detalle semántico: es político.

No fue solo un feminicidio. No fue solo un infanticidio.

Como señalan colectivos pro-infancia franceses que han acompañado la respuesta social al caso, Lyhanna fue agredida como niña, pero también como niña mujer. Es decir: fue blanco de una violencia que combina, en un mismo gesto, la dominación masculina sobre los cuerpos de las mujeres y niñas, y la dominación adulta sobre los cuerpos de la infancia. Hablar únicamente de feminicidio invisibiliza el adultocentrismo que hace posible buena parte de la violencia contra NNA: el hecho de que un adulto pueda acercarse sistemáticamente a una niña, ganarse la confianza de su entorno, ser señalado por comportamientos preocupantes y, aun así, seguir teniendo acceso a ella, sin que nada institucional lo detenga a tiempo.


Y hablar únicamente de infanticidio, por otro lado, borra el componente de género: Lyhanna no fue agredida sexualmente y asesinada por ser cualquier niño o niña. Fue agredida y asesinada porque era niña, en un contexto donde el cuerpo de las niñas es objeto de una mirada adulta sexualizante que las sociedades patriarcales naturalizan, minimizan o directamente niegan.
Esto es, en el sentido más literal del término, interseccionalidad: no la suma de dos opresiones (ser niña + ser mujer = doble víctima), sino la manera en que ambos sistemas de dominación (el patriarcal y el adultocéntrico) se entrelazan y se potencian mutuamente, produciendo una vulnerabilidad específica que no existiría si se analizara cada eje por separado. Una niña pequeña es, precisamente por ser niña y no adulta, menos creíble cuando denuncia, más fácil de aislar, menos capaz de nombrar lo que le pasa, más dependiente de que el adulto correcto la escuche en el momento correcto. Y esa misma niña, por ser percibida ya como cuerpo femenino, es blanco de un deseo y un control sexual adulto que no recae de la misma manera sobre los niños varones.


Pensar a Lyhanna solo como “feminicidio” o solo como “infanticidio” es, en el fondo, una manera de no tener que pensar en el adultismo como sistema de poder, ni en cómo ese sistema sigue organizando buena parte de nuestras instituciones (escolares, judiciales, familiares) incluso cuando creemos estar protegiendo a la infancia.

La pregunta que casi nadie se atrevió a hacer en voz alta

Hay una pregunta que algunas voces feministas y antirracistas sí se animaron a formular en redes y en medios independientes franceses, aunque incomodó: ¿hubiera tenido este caso la misma cobertura mediática, la misma marea de indignación nacional, la misma movilización institucional si Lyhanna hubiera sido una niña racializada?

No es una pregunta retórica ni una manera de restarle dolor a lo ocurrido. Es una pregunta analítica, necesaria, incómoda y profundamente psicosocial.

Investigaciones sobre el tratamiento mediático del feminismo y las violencias de género han documentado durante años un patrón de “etnorracialización” de la violencia sexista: los medios tienden a sobrerrepresentar a los agresores racializados y a invisibilizar o psicologizar a los agresores blancos, mientras que las víctimas blancas reciben sistemáticamente más empatía pública, más cobertura, más indignación colectiva que las víctimas racializadas, cuyos casos suelen quedar relegados a notas breves o directamente no trascienden.

En el propio debate público en torno a Lyhanna, algunas analistas señalaron que parte de lo que permitió que el caso se mantuviera “despolitizado”, es decir, leído como tragedia individual y disfunción judicial puntual, y no como síntoma estructural, fue precisamente que el agresor no encajaba en el estereotipo racializado que habitualmente los medios movilizan para hablar de violencia sexual. Y al mismo tiempo, en redes sociales empezaron a circular carruseles que alineaban fotos de niñas (mayoritariamente blancas) asesinadas en contextos muy distintos entre sí, como si solo esos rostros constituyeran la cara legítima de la víctima por la que se llora colectivamente.

Esto no es casualidad ni es nuevo. Es lo que en estudios de género y racialización se llama “jerarquía de la duelo-bilidad” (grievability, en la formulación de Judith Butler): no todas las vidas perdidas son lloradas socialmente con la misma intensidad ni reciben el mismo reconocimiento público como pérdida. Esa jerarquía no es neutra: está racializada, está generizada, está clasificada por edad y por nacionalidad.

Para una organización como AIRE, que trabaja codo a codo con infancias en contextos de vulnerabilidad, esta pregunta no es abstracta. Es la pregunta de por qué ciertos NNA solo aparecen en las estadísticas y otros aparecen en las portadas. Es la pregunta de a quién se le concede el estatuto de “inocencia infantil” que activa la protección social y mediática, y a quién no.

El espejo mexicano: Paulette Gebara Farah

Esta pregunta no es exclusiva de Francia. En México la conocemos bien, aunque rara vez la nombramos así.

En marzo de 2010, Paulette Gebara Farah, una niña de 4 años de Huixquilucan, Estado de México, desapareció de su propia habitación. Su familia pertenecía a una comunidad libanesa-mexicana acomodada, con vínculos cercanos al círculo político de quien sería presidente de México entre 2012 y 2018. Durante nueve días, el caso ocupó de manera ininterrumpida los noticieros nacionales: campañas de búsqueda masivas, espectaculares en las principales avenidas del Valle de México, recursos policiales y periciales desplegados sin límite, comparecencias del entonces procurador del Estado de México. Cuando el cuerpo de Paulette apareció en su propia cama, entre el colchón y la pared, el caso se convirtió en uno de los mayores escándalos judiciales y mediáticos del país, y sigue, quince años después, generando documentales, reportajes y debate público.

Paulette era blanca, rubia, de clase alta, con una familia capaz de movilizar prensa, política y recursos económicos desde el primer minuto. Y aun así, vale la pena decirlo, el caso no estuvo exento de tensiones raciales: en pleno proceso, un dirigente político acusó públicamente al procurador, de origen árabe, de actuar “con parcialidad” por pertenecer él mismo a una comunidad de origen libanés cercana a la familia. Es decir, incluso dentro de un caso protagonizado por una familia blanca y privilegiada, la racialización apareció, pero como sospecha de complicidad “entre los suyos”, nunca como motivo para dudar de la legitimidad del dolor de la familia ni para restarle cobertura.

Ese matiz importa porque nos permite afinar la pregunta que nos hacíamos sobre Lyhanna. No es solo “niña blanca versus niña racializada”. Es la combinación específica de blancura, clase social y proximidad al poder lo que activa al máximo el aparato estatal y mediático de duelo colectivo. Paulette tuvo todo eso. Lyhanna, sin ser de una familia adinerada ni políticamente conectada, tuvo al menos la blancura y la “legibilidad” de víctima ideal que el imaginario occidental reconoce sin fricción.

La pregunta espejo, entonces, también vale para México: ¿cuántas niñas de Huixquilucan tuvieron nueve días de cobertura nacional ese mismo año, y cuántas niñas de Ecatepec, de Chalco, de comunidades indígenas o migrantes, desaparecidas en las mismas fechas, no tuvieron ni una nota? El Estado de México ha sido durante años uno de los territorios con más feminicidios y desapariciones de niñas y mujeres del país, la inmensa mayoría de ellas sin nombre en la conversación nacional, sin marcha blanca, sin procurador rindiendo cuentas en cadena nacional.

Esto no resta nada al dolor legítimo de la familia de Paulette, igual que nombrar la blancura de Lyhanna no resta nada al horror de lo que le pasó. Se trata, más bien, de hacer visible un patrón estructural: el sistema mediático-judicial no distribuye su atención, su indignación ni sus recursos de manera pareja entre todas las infancias. Distribuye duelo de manera jerárquica, y esa jerarquía está organizada por origen étnico, por clase y por cercanía al poder, además de por género y edad.

Para AIRE, que acompaña cotidianamente a NNA en contextos de vulnerabilidad, esta comparación Lyhanna-Paulette es el mapa de a quién el sistema mira y a quién no, y por lo tanto, de a quién protege a tiempo y a quién no.

Por qué esto importa para el acompañamiento psicosocial

Traemos esta reflexión porque el marco con el que una sociedad nombra la violencia determina, en buena medida, el tipo de respuesta institucional, judicial y comunitaria que esa violencia recibe.

  • Si seguimos hablando solo de “feminicidio infantil” sin nombrar el adultismo, seguiremos diseñando políticas de protección a la infancia sin infancias en el centro: políticas pensadas por personas adultas, para personas adultas, que rara vez preguntan a NNA cómo viven el peligro, qué personas adultas les inspiran confianza y por qué, o qué señales perciben antes que el sistema.
  • Si seguimos hablando solo de “infanticidio” sin nombrar el género, seguiremos sin construir programas de prevención que trabajen específicamente la sexualización de las niñas desde edades tempranas y la responsabilidad social, no solo individual, en sostenerla o desmontarla.
  • Y si seguimos sin nombrar la racialización del duelo público, seguiremos validando, sin quererlo, un sistema de protección de doble velocidad: uno que se activa con fuerza para unas infancias y guarda silencio para otras.

Una mirada psicosocial verdaderamente rigurosa, la que intentamos sostener en AIRE,  no puede quedarse en un solo eje de análisis. Necesita leer cada caso como lo que es: la intersección viva de varios sistemas de poder operando al mismo tiempo sobre un mismo cuerpo. Solo desde ahí es posible construir entornos protectores reales, y no solo reacciones de indignación que se apagan en cuanto el siguiente caso ocupa la conversación.

Lyhanna merece que se nombre con precisión lo que le pasó. Y todas las niñas que no llegaron a ser noticia nacional merecen, como mínimo, que nos preguntemos por qué.